18.1.08

Breve historia de mi calva

Recuerdo que siendo yo niño, mi padre me llevaba a la Barbería Cricrí, a un costado de la plazoleta de la Soledad. A pesar del tiempo, aún tengo en mis narices el fuerte olor a colonia barata que impregnaba el ambiente. Recuerdo también que al bajarme de la silla de caballito de reluciente cuero rojo, el barbero -un señor ancho y bigotudo con lentes de pasta y vidrios en armonía con su contextura- sacaba de unas bomboneras panzonas un caramelo parecido al que prometía en la fachada la columna infinita que yo confundía con una melcocha tricolor y me lo regalaba. Pero no era en realidad un caramelo, sino la carnada de su anzuelo comercial que aseguraba que yo insistiría en volver a su negocio en cuanto necesitara un nuevo corte de pelo, el cual en ese entonces era una verdadera "mata", densa y muy negra, que crecía en cámara rápida.

Luego vinieron tiempos rebeldes, cabello largo al viento y pocas tijeras. Más tarde el pelo comenzó a protestar y a hacer huelga... de cabellos caídos. Los traté de retener atándolos en cola de caballo, pero nada que hacer. La maquinaria genética estaba lanzada y como el cabello largo por detrás y ralo por delante me parecía de mal gusto, empecé de nuevo a frecuentar barberías. Encontré entonces refugio en salones equipados con manos femeninas, en general más delicadas, porque no me gustaba que los bárbaros barberos me quisieran desnucar cuando me hacían girar la cabeza para atacar con sus tijeras un punto inaccesible de otro modo. En particular recuerdo a un barbero árabe en París que casi me tuerce el pescuezo como si fuese gallina. Por último, ya rendido a la inevitable calvicie, decidí que mi “look” hasta el final de mi vida sería el de un monje Zen. Así que una maquinilla eléctrica con graduación de 0 a 4 se volvió un artefacto indispensable en casa. Hoy es mi compañera Inés quien cada mes me hace el corte con la navajilla 0 o 1 (dependiendo de mi estado de ánimo... y del clima).

Al principio tuve que soportar algunas pifias de principiante, pero el tiempo, la práctica y mis quejas han ido dando a sus manos la destreza necesaria. Cosa que aprecié aún más cuando hoy, por primera vez en mi vida, quise cortarme el pelo yo solo, pero fue una catástrofe. Únicamente pude hacerlo bien en el hemisferio delantero de mi cabeza. En la parte trasera la maniobra se me hizo un lío e Inés tuvo que terminar el trabajo.

Tener el pelo tan corto me resulta muy cómodo y a tal punto me he acostumbrado a esa longitud, que ya ni imagino como podría ser de otro modo. Lo único malo en esta época bipolar de sol y frío es que debo andar con gorra porque, o me tuesto el coco o me lo congelo. Tal vez por ello es que con los años me he ido haciendo de una pequeña colección de gorras, boinas y sombreros diversos que algunos confunden con una inclinación "snobista" mía, pero que simplemente responde a mi necesidad de tener con qué cubrir mi calva. Entre las piezas que más venero en esa colección está la boina de lana negra que había traído mi abuelo de Francia en el único viaje que hizo a ese país allá por los años 30. Durante años la usó mi padre, que también era bastante calvo y al morir él, la boina pasó a mis manos... o mejor dicho... a mi cabeza.

4 comentarios:

silvia piranesi dijo...

que viva inés entonces!

me parece como de libro todo.

Saludos

Quimera dijo...

Hey, volviste... Bienvenida y muchas gracias.

Sí, que viva!

Julia Ardón dijo...

ve vos...esa peluquería Cri Cri fue de un tío de Víctor por años.
se llamaba Luis y ya murió.
Luis Marín, hermano de su mamá.

Quimera dijo...

¿Sería el tío de Víctor el señor que yo recuerdo?