26.1.07

Dos artículos de Slavoj Zizek

Hace unos días visitando el curioso blog de phiblógsopho descubrí un video sobre el filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Zizek. La referencia me sirvió porque luego topé por azar con un par de interesantes artículos suyos y el hecho de que estuviera firmados por él me hizo prestarles más atención. El primero lo pueden encontrar aquí y trata (en español) sobre el llamado "multiculturalismo". El segundo lo he traducido del francés y fue publicado en Le Monde:

DEMOCRACIA O BARBARIE DIGITAL

La edición de la revista Time del 18 de diciembre del 2006 atribuyó el título de “personalidad del año 2006” no a Mahmoud Ahmadinejad, Hugo Chávez, Kim Jong II ni a ningún otro de los laureados habituales, sino a “usted”, es decir, a cada uno de nosotros, usuarios o creadores de sitios Web. La portada de la revista estaba ilustrada de un teclado blanco asociado a un espejo a modo de pantalla, en el cual el lector podía ver su propio reflejo. Los redactores justificaron su escogencia evocando el pasaje de las instituciones a los individuos que re-emergen hoy como los ciudadanos de la nueva democracia digital.

Esta escogencia es más compleja e insólita de lo que parece. Si alguna vez hubo una escogencia ideológica fue ésta: el mensaje de Time –la nueva ciberdemocracia en la cual millones de individuos pueden comunicar directamente y auto-organizarse, evadiendo así el control centralizado del Estado- disimula un conjunto de preocupantes disparidades y tensiones. La ironía reside, en primer lugar, en el hecho de que el lector que observa la portada de Time no ve a esas otras personas con las cuales se supone que tiene una relación directa, ve solamente su propia imagen invertida.

No es de extrañar que Leibniz sea una de las principales referencias filosóficas de los teóricos del ciberespacio: ¿No va acompañada nuestra inmersión en el ciberespacio con una reducción de nuestro status a mónada leibziana que, aunque “desprovista de ventanas” abiertas a la realidad exterior, refleja en ella misma el mundo entero? Una mónada que no encuentra más que simulacros virtuales, estando más que nunca inmersa en la Red mundial, comunicando en tiempo real con la tierra entera.

Pero esta no es nada más que una parte de la historia. Debemos agregar que el “usted” que se reconoce en la imagen de la pantalla está profundamente dividido. De un lado, está el hecho más bien evidente que la persona física “real” que soy excede mi ciberidentidad: a los marxistas y a otros pensadores “críticos” les gusta subrayar que la igualdad del ciberespacio es engañosa – ella hace abstracción del conjunto complejo de disposiciones materiales (mi riqueza, mi posición social, le poder del que gozo o carezco, etc.).

La inercia propia de la realidad desaparece por arte de magia en la actividad de navegación armoniosa del ciberespacio. Encontramos hoy sobre el mercado una multitud de productos privados de su propia malignidad: café sin cafeína, crema sin grasa, cerveza sin alcohol. La realidad virtual del ciberespacio generaliza simplemente esta forma de proceder: ofrece una realidad privada de su sustancia. Así como el café descafeinado tiene el gusto y el olor de café real sin serlo, mi ciberidentidad, el “usted” que yo veo ahí, es siempre un yo descafeinado.

Por otra parte, estamos confrontados al exceso inverso aunque sea más desconcertante: mi ciberidentidad excede mi yo “real”. Nuestra identidad social, la persona que pretendemos ser en nuestras relaciones sociales, es una máscara, ella presupone una represión de nuestras pulsiones inadmisibles. Ahora bien, precisamente cuando no es más que “un juego”, cuando las normas que reglamentan nuestros intercambios “reales” son temporalmente suspendidas, es cuando podemos permitirnos dejar aparecer esas actitudes reprimidas.

Tomemos el ejemplo clásico de un individuo tímido e impotente que adopta la identidad de un asesino sádico y de un seductor irresistible al participar en un juego interactivo por Internet. Es demasiado simple no ver ahí más que un suplemento imaginario, una escapatoria temporal a la impotencia que sufre en realidad. La idea es más bien que el hecho de saber que el juego interactivo en el ciberespacio “no es más que un juego” lo autoriza a “mostrar su verdadero yo”, a hacer las cosas que no habría hecho jamás en sus interacciones reales: la verdad de esta persona es expresada bajo la forma de una ficción. Le hecho mismo que yo perciba mi imagen virtual como un simple juego me autoriza a levantar los obstáculos habituales que me impedirían expresar “mi lado oscuro”.

La contraparte de la democracia directa del ciberespacio es esta abundancia impenetrable y caótica de mensajes y sus circuitos que me son imposibles de comprender por más esfuerzos de imaginación que haga –es lo que Emmanuel Kant habría llamado un sublime ciberespacial.

Hace aproximadamente unos diez años un excelente corto publicitario inglés para una marca de cerveza fue difundido por la televisión. La primera parte mostraba un cuento de hadas bien conocido: una muchacha camina a la orilla de un río, ve un sapo, lo toma delicadamente en su regazo, lo besa, y, por supuesto, el horrible sapo se convierte como por milagro en un apuesto joven. Pero la historia no termina ahí: el joven mira a la joven con codicia, la atrae hacia sí, la besa, y la joven se transforma en una botella de cerveza que él levanta triunfalmente…

La muchacha fantasea con que el sapo sea en realidad un hombre joven. El joven fantasea con que aquella sea en realidad una botella de cerveza: el amor y el afecto de la mujer (indicados por el beso) pueden transformar un sapo en un hermoso hombre, mientras que el hombre reduce la mujer a lo que en psicoanálisis se llamaría “un objeto parcial”, lo que en mí suscita el deseo. (Por supuesto, el argumento feminista evidente consistiría en afirmar que la experiencia del amor que tienen las mujeres en su vida cotidiana es más bien al revés: besan un hermoso joven y cuando se han acercado demasiado, es decir, cuando es demasiado tarde, se dan cuenta de que en realidad se trata de un sapo).

La pareja real de un hombre y una mujer es así atormentada por la extraña representación de un sapo besando una botella de cerveza. Es precisamente ese espectro subyacente el que el arte contemporáneo pone en escena: bien podemos imaginar un cuadro de Magritte titulado “Un hombre y una mujer” o “La pareja ideal”. Ahí reside la amenaza fundamental del juego ciberespacial: el hombre y la mujer que dialogan en la Red pueden estar atormentados por el espectro del sapo besando una botella de cerveza.

Ahora bien, el hecho de que ninguno de los dos sea consciente tiene por consecuencia que ese desfase entre lo que “usted” realmente es y lo que “usted” aparenta ser en el espacio digital, puede llevar a la violencia asesina.

3 comentarios:

silvia piranesi dijo...

uf!! estuvo muy movida esta mañana con tu post... Primero, las palabras de Slavoj sobre el multiculturalismo me sirven para mi tesis y no. La última frase me hizo pensar en ese vacío primero de la universalidad, y la verdad que me siento como traicionando algo.. Toda esta onda hay que verla con un poquito de méfiance.
Y el artículo de Le monde es tema de todos los días desde que tengo blog. Esa "cyberidentité" tiene paredes, límites, ficciones... y las relaciones que se "establecen" son iguales.
La imagen del sapo y la botella... qué te diré...ya se me queda en la cabeza.
Gracias Quimera.

silvia piranesi dijo...

sugerencia, en vez de "numérico", "digital".

Quimera dijo...

Adjugé... muy acertada tu sugerencia... digital.

Te imaginarás que si puse el artículo ahí es porque trata algo que nos concierne a todos en cuanto usuarios de la red. A mí este asunto de los blogs y toda esa sobreabundancia de "información" (dándole el beneficio de la duda de que eso sea en realidad), esa forma de exponerse, se me hacen a veces muy sospechosos.

¿Quienes somos en realidad? ¿Qué buscamos? ¿Porqué tal careta disfrazada de sinceridad? Y todo lo que está además "hors champ": los silencios, los ritos convenidos, las tribus cibernéticas con sus tam tams bien afinados y sincronizados, etc.