21.12.07

Navidad

Ya llega, ya está casi encima. El terror anual de los depresivos, el sufredolor de los agrios post-modernos, la tortura con fondo de villancicos de los contra-cultos, la odiada época ventosa, fría y fraternal de los egópatas: Navidad. Conozco gentes que detestan esta época y cuando uno les pregunta por qué, escucha una retahíla de razones que no solo ponen en evidencia la gran neurosis colectiva que efectivamente se desencadena con la perspectiva de la resurrección de los Colachos (y que les da en parte la razón), sino que también dejan muy a la vista qué tan tejas corridas son. Navidad es, sin duda, un buen momento para la praxis psico-clínica.

Yo no odio la navidad, pero tampoco la venero especialmente. Me desesperan eso sí los molotes, la inflación de la regaladera, el barroco plasticoso de lo ornamental y la dominante rojo manzana de gran parte de las escenas. Pero con todo y todo hay cosas que me gustan. Será porque revivo en cámara lenta de todo un mes (y hasta más) fragmentos enteros de mi infancia, que no me da vergüenza decirlo, fue muy feliz; será porque el aguinaldo no cae nada mal; será porque el clima me parece el mejor de todo el año o bien porque me encantan los tamales. Claro, sería más feliz sin muchas de las cosas que vienen a sumarse a las fiestas: sin el inmamable Chinamo; sin las estúpidas corridas de toros que de cualquier modo ponen a los animales a sufrir (¿Seré tan bestia yo?); sin ese enajenado sentimiento que lleva a algunos a lamentarse de que no tengamos nieve y por tanto de que nuestras navidades no sean “blancas”; sin vuelta ciclística (antes de que me robaran la bici todavía le daba algo de bola); sin la sempiterna pérdida de dinero en lotería (porque no pego jamás); sin final del torneo de fútbol (especialmente si mi equipo no está en ella); sin fiestas de Zapote (la última vez que fui, hace como tres años, me parecieron de una vulgaridad y una suciedad sin par y juré no volver); y sin Carnaval de la Luz, que siempre me parece una desordenada, deslucida y mala imitación del Desfile de las Rosas.

Los “pasitos” me gustan mucho por su profundo significado y también las luces en los árboles, casas y comercios, porque todo lo que sea luces siempre me hipnotiza. La reventadera de pólvora la tolero cuando los bombazos no me tocan muy cerca y extraño las tarjetitas de navidad que ya casi nadie envía por correo tradicional (por culpa de la proliferación del email). Algo nuevo que viví hasta este año y que me gustó fue la práctica de las “posadas”. El barrio donde vivo se organizó para ello y ayer nos hicieron visita como cuarenta güilas acompañados de muchos padres que vinieron a cantar villancicos a nuestra puerta. La verdad fue enternecedor y una buena ocasión para conocer mejor a los vecinos.

También puedo decir que me gusta la gente que asume esta época con verdadero espíritu. Mi compañera Inés es una de esas personas. Además, me gusta que lo haga con plena conciencia de los riesgos: Ante el reclamo de un familiar de que había puesto unas luces con demasiados colores en la entrada de la casa, ella le respondió con desparpajo: “así me gusta y así se va a quedar porque de todas formas la navidad es pola”.

Del mismo modo, me gusta también quien no gustándole la navidad lo demuestra sin ambigüedad: Mi gata Loulou cuando vio crecer el Colacho inflable que pusimos en el jardín y que amenazaba con una mega-melcocha en sus manos al bambolearse con los vientos propios de esta época, se erizó toda, pataleó como ciclista en frenesí y entró en una auténtica crisis de pánico que la hizo saltar de mis brazos y huir a toda velocidad con las orejas gachas.

2 comentarios:

Julia Ardón dijo...

sin colacho, pero con tamal...celebro con vos esta pausa bonita, en que hay tiempo para decirse palabras cariñosas, darse abrazos, sonreír, recobrar el verdadero sentido de la vida que encierra esa hermosa palabra llamada Amor.
Que la pasen muy felices!!

Quimera dijo...

Muchas gracias Julia, que vos también la pasés muy lindo en compañía de tus seres queridos... Los tamales son de rigor... igual que eso que llamamos Amor, aunque para ello no haya recetas.