18.2.07

Hacer mucho y hablar poco

La óptica de mi cámara video es de la marca alemana Leica. Eso no es muy usual en el mundo del video porque Leica es ante todo una marca mítica del universo fotográfico. Solo que desde hace cierto tiempo Leica y Panasonic se asociaron y ahora algunas de las cámaras video fabricadas por la firma japonesa vienen equipadas con los objetivos alemanes. Y no es que me importen mucho las marcas en sí, pero si hablo de ellas es porque después de leer el artículo que trascribo a continuación pienso que Leica es ya solo una buena marca sino, ante todo, una marca con “buen karma”. Y en esa medida me siento contento de ver el mundo a través de sus ópticas cuando estoy filmando. Esto puede sonar extraño o a publicidad barata, pero si tienen la paciencia de leer el artículo tal vez lleguen a compartir mi punto de vista. En todo caso se enterarán de una conmovedora historia.

LA LIBERTAD EN EL OBJETIVO


El 12 de febrero de 1938, a las 5 de la madrugada, Kurt Rosemberg sube corriendo al puente del “Hansa”, un transatlántico proveniente de Hamburgo que se dispone a acostar en los muelles del Hudson. Él tiene 22 años. Él es judío alemán. Con su cámara Leica quiere inmortalizar los rascacielos de Manhattan que lo maravillan en un alba tan prometedora. Él ha huido del nazismo, él comienza una nueva vida. Lamentablente la luz es muy débil y no podrá tomar la foto.

¡Pero qué importa! En su bolsillo lleva –es lo esencial- una carta de recomendación. Se presenta al almacén Leica, en la 5ª avenida, donde es contratado como reparador. Al día siguiente el servicio de aduanas viene a importunarlo, a pesar de que sus papeles están en regla.

Los Estados Unidos de la pre-guerra y de la post-depresión no tenían muchas consideraciones hacia los inmigrantes. Por su bien, y el de su patrono, Kurt será enviado a San Francisco.

Como Kurt, varias decenas de refugiados, hombres y mujeres, desembarcan en la 5ª avenida a finales de los años 30. Ahí son recibidos por Alfred Boch, director de la tienda de Nueva York. No traen dinero, pero llevan al cuello su único tesoro -comercializable en todo instante-: una flamante Leica completamente nueva. Ellos son alojados y alimentados en el Great Norther Hotel de la calle 57, antes de que se les ofrezca trabajo en una fábrica o un laboratorio dispuestos a utilizar sus conocimientos.

Estos sobrevivientes del nazismo, prometidos como muchos judíos alemanes a una muerte probable, fueron salvados en gran secreto por uno de los más importantes industriales alemanes, Ernst Leitz, heredero de la empresa que revolucionó la fotografía al inventar la Leica.

El guión de estos discretos salvamentos estaba bien desarrollado. Ernst Leitz contrataba un joven judío y lo hacía beneficiario de una formación más o menos larga en la fábrica familiar de Wetzlar, al norte de Frankfurt. Bajo un pretexto profesional, el aprendiz recibía luego un pasaje para New York pagado por el patrono, cartas de recomendación redactadas por sus colaboradores y una visa obtenida por la empresa. Sin olvidar por supuesto la indispensable cámara.

Este episodio humanitario, por mucho tiempo desconocido, fue revelado y reconstituido por Frank Dabba Smith, un rabino de origen estadounidense que vive en Londres. Según sus cifras, Ernst Leitz ayudó a entre 50 y 60 personas a huir de la Alemania nazi. También permitió, por su intercesión, a unos veintitrés judíos o cónyuges de judíos obligados a permanecer en el país, el poder escapar del rigor de los “castigos” que el régimen hitleriano había decretado en su contra. Por supuesto, esto no es comparable en número con la “proeza” de Oskar Schindler, el industrial de los Sudetes que salvó de la muerte a mil doscientos judíos poloneses. Pero los riesgos corridos por Ernst Leitz fueron del mismo orden.

¿Quién es este hombre tranquilo, humilde, valiente, respetado y amado por sus empleados? Es primeramente el heredero de una tradición moral, arraigada en fuertes convicciones protestantes. Su padre, Ernst I, fue un patrono progresista que instauró, en su empresa, uno de los primeros sistemas de seguros contra enfermedad. Nacido en 1878, Ernst II quedó muy joven huérfano de madre. Fue reclutado por su padre en 1906 y entonces se promete a sí mismo aprenderse el nombre de cada empleado. En 1923, luego de la muerte de su padre, la hiper-inflación es terrible en Alemania y expande la miseria. Ersnt acuña en Wetzlar una moneda paralela que permite a los obreros comprar la comida que él importa de Dinamarca.

Este rico patrono es de porte modesto. Lleva siempre el mismo sombrero y nada más tiene tres trajes. Su simplicidad es legendaria. En la puerta de su oficina hace inscribir: “entre sin tocar”. Su único lujo es una hermosa casa, “Haus Friewart”, donde vive, con su familia, sobre una colina cercana a la fábrica. Es una villa de piedra blanca con un pórtico y una “loggia”, construida y amueblada en el estilo “Art Nouveau” por el gran arquitecto Bruno Paul. Este hombre accesible y caluroso, que vive austeramente, es un demócrata auténtico. En 1933, año de la llegada al poder de Hitler, Ernst Leitz se presentó como candidato a las elecciones en las filas del ex partido liberal de izquierda, DDP, fundado en otra época por el industrial judío Walter Rathenau. Él critica fuertemente a los nazis, comparándolos con “monos pardos”.

¿Porqué Erntz Leitz salvó judíos arriesgando su propia vida? Estando vivo, Ernst Leitz mencionó una sola vez este episodio que durante mucho tiempo permaneció en la sombra. En un documento que leyó en 1947, en Wetzlar, delante de un tribunal encargado de la desnazificación (que lo absolvió en razón de los innumerables testimonos a su favor) él simplemente subrayó que sus actos provinieron de una “actitud profundamente democrática”. Para su nieto, Knut, que conserva de su abuelo un recuerdo emotivo, la explicación es simple: “Él odiaba ver el sufrimiento de las gentes”. El rabino Frank Dabba Smith compara la resistencia, tenaz y secreta, de Ernst Leitz al comportamiento de los viejos judíos, fieles al lema “hacer mucho y hablar poco”. Ernst Leitz pudo dar libre curso a su altruismo eficaz entre 1933 y “la noche de los cristales rotos” (9 de noviembre de 1938), que marca el inicio de los “pogroms” y las deportaciones de judíos. Más allá de esa fecha, él continúa, pero con dificultad. Solamente el cierre de las fronteras alemanas, luego de la invasión de Polonia, el 1º de setiembre de 1939, pone un término forzado a sus acciones.

Si fue llevado a juicio después de la guerra, es porque en 1942 fue obligado a tomar una decisión dolorosa: Adherir al partido nazi. Las autoridades del Reich lo habían amenazado, si rehusaba, de expropiarlo y de despedir a los ejecutivos de su empresa. Él cedió, explicaría más tarde, para “evitar el escenario más extremo”.

La acción de Ernst Leitz no habría sido posible si la existencia de una pequeña maravilla técnica: La Leica. Perfeccionada por el ingeniero Oskar Barnack, y lanzada en 1925 en la feria de Leipzig, este 35 mm es a la vez un objeto de fácil uso y de alta calidad. Gracias a su enorme éxito, el Leica hizo la fortuna y la reputación de la fábrica Leitz, considerada estratégica para el Reich. En ella se fabricarán toda clase de aparatos para el ejercito y la aviación alemana, incluso el sistema de navegación de los cohetes V2.

La Gestapo estaba más o menos al tanto de las actividades secretas de Ernst Leitz. Pero si no lo arrestó es porque Hitler tenía una extrema necesidad de las devisas que aportaban los productos Leica. Los nazis sabían también que la calidad y la cohesión de la fábrica no sobrevirían si su dueño era detenido.

En cuanto a Kurt Rosember, una vez instalado en Estados Unidos, pudo saborear su hobby, la fotografía. Dejó unos mil clichés, de los cuales algunos habían sido tomados desde su partida de Wetzlar y durante su travesía del Atlántico. En 1943 se presentó como voluntario al combate. El 20 de abril de 1944, el navío que lo trasportaba fue torpedeado en el Mediterraneo. Murió junto a otros quinientos soldados estadounidenses. Acababa de cumplir 28 años.

Jean Pierre Languellier

Artículo aparecido en Le Monde el 17 de febrero del 2007
Traducción: Eugenio García

8 comentarios:

silvia piranesi dijo...

si... linda historia...a pesar de.

Me gustó tu título por cierto!

Lena dijo...

qué linda historia. me hace sentir 0.01 veces mejor acerca de mi lente. :)

Quimera dijo...

Si me encuentro algún duplicador de sentimientos lo pondré a disposición :)

Cata dijo...

Hola Quimera,
sera que esa fabrica en Wetzlar al norte de Frankfurt aun existe? Me gustaria mucho visitarla. Me voy a probar fagotes a Alemania la proxima semana, justamente aterrizando en FRA.
Otra...porque sera que los japoneses consiguen imitarlo todo!
Me gusto mucho aprender mas sobre leicas y fotografia. Gracias! Abrazos

Jethro Masís dijo...

Agradezco el enlace conducente a Phiblógsopho.

Hasta ahora me entero.

Saludos.

Jethro Masís dijo...

y a cahiers...

Quimera dijo...

Con gusto Jethro...

Cata, según este sitio: http://www.leica.com/ la compañía está en tres puntos diferentes que corresponden a las tres divisiones que tiene. Leica microsystems sigue en Wetzlar. Pero Leica camera está en Solms (ignoro donde estén esos sitios).

Qué dichosa... ir a probar fagotes en Alemania... muy buen viaje.

Y no creas, los japoneses no es que lo imiten todo. En este caso no pudieron imitar los lentes Leica y prefirieron asociarse con esa casa. En todo caso les debemos muchísimo a los nipones... en cuanto pueda yo me voy pa'llá a recluirme en un monasterio Zen.

Quimera dijo...

Ah, Jethro... y gracias por tu enlace también... He ido poco por allá porque he tenido mucho trabajo últimamente, pero he visto que tu ritmo de "posteo" es infernal... mucho más rápido que el de mis lecturas.