31.12.07

Tivives

Palos, botellas, bolsas plásticas, jeringas, rasuradoras, encendedores, condones, tampax, bolitas, muñecos, platos, empaques de tetrabrik... La playa de Tivives es un inmenso colador que recoge todas las impurezas del mar y nos las tira a las narices. No sé cómo se me ocurre ir a caminar muy temprano, la última mañana del año, en medio de semejante basurero.

Mientras trato de no tropezar con aquella marejada de porquerías evoco con cierto romanticismo todas las cosas que ha dejado el 2007 en la rivera de mi vida y pienso que si bien no hay ni chiva, ni burra negra, ni yegua blanca, éste año, como otros, mi suegra ha seguido siendo una buena suegra y que en general los pasados 365 días no estuvieron demasiado mal. En verdad las cosas han salido lo suficientemente bien como para poder decirle a todo el mundo y de buena gana: ¡Feliz año 2008!

Cuando finalmente baja la marea, llego a constatar que la playa parece más limpia, lo cual es una buena razón para encarar con optimismo el ciclo que comienza tras las doce campanadas, el Ave María y el himno de la Alegría.

22.12.07

Más sobre Navidad y otras fiestas

El siguiente es un extracto de una entrevista a Paul Valadier, profesor de las Facultades Jesuitas de París, aparecida en "Le Monde" estos días.
"¿Qué significan aún religiosamente la Navidad, la Pascua, Pentecostés, la fiesta de todos los santos? La memoria del origen religioso de esas fiestas, en efecto, se desdibuja. Las fiestas, ya sea que sean civiles o religiosas, siempre tienen varios niveles de significado. Vean el 14 de julio: los historiadores explican hoy que no había casi nadie ese día en la Bastilla… Esa fecha se convirtió sin embargo en un símbolo republicano contra el “embastillamiento” y la tiranía, por los derechos humanos. Igual con la Navidad: Más allá del folclore y de la insensata explotación comercial, esta fiesta es, para los cristianos, el recuerdo del nacimiento del hijo de Dios en Belén. Pero ella tiene un significado antropológico universal: es la fiesta del nacimiento, de la novedad, del misterio, de la fragilidad de la vida humana. ¡Se puede celebrar sin ser creyente!

Entonces yo no me preocupo mucho, porque las verdaderas fiestas encuentran siempre un eco. Las otras no: ¡miren Halloween! Las verdaderas celebraciones son aquellas que tienen una raíz religiosa, antropológica y cultural. Incluso la Pascua, menos popular que Navidad pero teológicamente más importante –la conmemoración de la resurrección de Cristo- tiene mucha fuerza porque es la fiesta del renacimiento, de la renovación, de la primavera, y cada cual puede experimentarlas luego de una enfermedad, de un choc, de un duelo. Lo religioso se inscribe siempre en lo antropológico. El cristianismo, más aún porque es la religión de la encarnación.

Ya sea que ellas sean civiles o religiosas, las fiestas son indispensables para la respiración de una sociedad. ¿Qué estamos haciendo con el domingo? Su desacralización está en curso, su desaparición anunciada. Yo no abogo por la instauración de un domingo al estilo puritano, austero y lúgubre, pero la sociedad tiene necesidad de interrupciones, de ritmo, de gratuidad. Sin el domingo y las fiestas regulares, ella cae en una especie de uniformidad mortal".

21.12.07

Navidad

Ya llega, ya está casi encima. El terror anual de los depresivos, el sufredolor de los agrios post-modernos, la tortura con fondo de villancicos de los contra-cultos, la odiada época ventosa, fría y fraternal de los egópatas: Navidad. Conozco gentes que detestan esta época y cuando uno les pregunta por qué, escucha una retahíla de razones que no solo ponen en evidencia la gran neurosis colectiva que efectivamente se desencadena con la perspectiva de la resurrección de los Colachos (y que les da en parte la razón), sino que también dejan muy a la vista qué tan tejas corridas son. Navidad es, sin duda, un buen momento para la praxis psico-clínica.

Yo no odio la navidad, pero tampoco la venero especialmente. Me desesperan eso sí los molotes, la inflación de la regaladera, el barroco plasticoso de lo ornamental y la dominante rojo manzana de gran parte de las escenas. Pero con todo y todo hay cosas que me gustan. Será porque revivo en cámara lenta de todo un mes (y hasta más) fragmentos enteros de mi infancia, que no me da vergüenza decirlo, fue muy feliz; será porque el aguinaldo no cae nada mal; será porque el clima me parece el mejor de todo el año o bien porque me encantan los tamales. Claro, sería más feliz sin muchas de las cosas que vienen a sumarse a las fiestas: sin el inmamable Chinamo; sin las estúpidas corridas de toros que de cualquier modo ponen a los animales a sufrir (¿Seré tan bestia yo?); sin ese enajenado sentimiento que lleva a algunos a lamentarse de que no tengamos nieve y por tanto de que nuestras navidades no sean “blancas”; sin vuelta ciclística (antes de que me robaran la bici todavía le daba algo de bola); sin la sempiterna pérdida de dinero en lotería (porque no pego jamás); sin final del torneo de fútbol (especialmente si mi equipo no está en ella); sin fiestas de Zapote (la última vez que fui, hace como tres años, me parecieron de una vulgaridad y una suciedad sin par y juré no volver); y sin Carnaval de la Luz, que siempre me parece una desordenada, deslucida y mala imitación del Desfile de las Rosas.

Los “pasitos” me gustan mucho por su profundo significado y también las luces en los árboles, casas y comercios, porque todo lo que sea luces siempre me hipnotiza. La reventadera de pólvora la tolero cuando los bombazos no me tocan muy cerca y extraño las tarjetitas de navidad que ya casi nadie envía por correo tradicional (por culpa de la proliferación del email). Algo nuevo que viví hasta este año y que me gustó fue la práctica de las “posadas”. El barrio donde vivo se organizó para ello y ayer nos hicieron visita como cuarenta güilas acompañados de muchos padres que vinieron a cantar villancicos a nuestra puerta. La verdad fue enternecedor y una buena ocasión para conocer mejor a los vecinos.

También puedo decir que me gusta la gente que asume esta época con verdadero espíritu. Mi compañera Inés es una de esas personas. Además, me gusta que lo haga con plena conciencia de los riesgos: Ante el reclamo de un familiar de que había puesto unas luces con demasiados colores en la entrada de la casa, ella le respondió con desparpajo: “así me gusta y así se va a quedar porque de todas formas la navidad es pola”.

Del mismo modo, me gusta también quien no gustándole la navidad lo demuestra sin ambigüedad: Mi gata Loulou cuando vio crecer el Colacho inflable que pusimos en el jardín y que amenazaba con una mega-melcocha en sus manos al bambolearse con los vientos propios de esta época, se erizó toda, pataleó como ciclista en frenesí y entró en una auténtica crisis de pánico que la hizo saltar de mis brazos y huir a toda velocidad con las orejas gachas.

12.12.07

Loulou

Guachipelín, 2007

Mi gata Loulou les manda saludes y de paso los invita a prestar atención a lo siguiente:

En estos momentos, créanlo o no, no existe ninguna legislación aprobada a nivel mundial para proteger a los animales. Es cierto que cada país tiene sus leyes y decretos, pero no tienen ningún respaldo a nivel mundial. Es por esto que les comunico el siguiente link, en donde la Sociedad Mundial para la Protección de los Animales está llevando a cabo un proyecto para presentarlo a la ONU, para formalizar una Declaración Universal para el Bienestar Animal. ¡Se necesitan 10 millones de firmas! Solo toma un momento y pensemos en cuánto se ayudarían a estos seres que tienen tanto derecho a ser protegidos como cualquiera de nosotros.

http://www.animalsmatter.org/

10.12.07

Réquiem por la música

A pesar de que siempre he escuchado mucha música, de que con los años he ido acumulando un número importante de discos y grabaciones y de que en ciertos períodos de mi vida incluso me ha dado por medio tocar la guitarra, dizque cantar y hasta "componer" pretendidas melodías y canciones, el caso es que he constatado que últimamente escucho cada vez menos música. En la repisa donde tengo mis discos tengo también una tarjetita con una cita de Nietzsche según la cuál “Sin la música la vida sería un error”. ¿Será que me estoy descarriando? ¿Qué voy errando errado por la vida? No lo sé, pero paradójicamente creo haber encontrado una pista en “La ignorancia”, una novela de Kundera de la que ya había hablado antes. En cierto pasaje él menciona a Schönberg, el creador de la música dodecafónica y dice lo siguiente:

“Ya pueden luchar dos grandes ejércitos por causas sagradas, siempre será una minúscula bacteria pestífera la que acabará con los dos (...). Schönberg era consciente de la existencia de esa bacteria. Ya en 1930 escribía: “La radio es un enemigo, un despiadado enemigo que avanza irresistiblemente y contra la que toda resistencia es vana”; la radio, “sin sentido alguno de la medida, nos atiborra de música (...), sin preguntarse si queremos escucharla, si tenemos la posibilidad de percibirla”, de tal manera que la música pasa a ser un simple ruido, un ruido entre otros ruidos”.

Desde luego eso es algo terriblemente triste, pero para colmo he de admitir que con el tiempo me he ido volviendo más insensible, más sordo incluso a esos “ruidos” y también cada vez más refractario a provocarlos. Sí, con el tiempo siento que he empezado a aborrecer la música o más precisamente sus condiciones de difusión y, por un movimiento inverso, a ser cada vez más amante de los ruidos blancos naturales como la voz del viento, de las olas (ya ni siquiera la voz humana) y de la tonada sutil del silencio, que para mi es la más bella sinfonía y también la más rara porque el silencio en nuestras cacofónicas ciudades es algo casi imposible. Tal vez lo único que sigo encontrando maravilloso es un concierto en vivo, donde existe otro timing y donde puedo admirar a discreción cada gesto de los músicos, cada matiz sonoro y por supuesto la humana imperfección, algo que se encuentra prácticamente ausente de esas producciones musicales modernas tan lisas como un cuero tieso. Sí, la imperfección es la vida, solo lo que está muerto es perfecto por irrevocable.

Más adelante Kundera agrega:

“La radio fue un pequeño arroyo en el que todo empezó. Llegaron después otros medios técnicos para reproducir, multiplicar, aumentar el sonido, y el arroyo se convirtió en un inmenso río. Si antaño se escuchaba música por amor a la música, hoy aulla constantemente por todas partes “sin preguntarse si queremos escucharla”, aulla por los altavoces, en las calles, en las salas de espera, en los gimnasios, en los walkman; música reescrita, reinstrumentada, acortada, desgajada, fragmentos de rock, de jazz, de ópera, flujo en que todo se entremezcla sin que se sepa quién es el compositor (la música convertida en ruido es anónima), si que se distinga el principio del fin (la música convertida en ruido no sabe de formas): el agua sucia de la música en la que muere la música”.

Y como dice el refrán: Agua que no has de beber déjala correr... lo que en mi caso equivale a apagar el equipo de sonido y a dejar que el ipod "corra" hasta que se le extinga la pila para siempre, o al menos hasta el día improbable en que la música vuelva a ser fresca y cristalina para mi oído izquierdo, que el derecho hace años que no me funciona (sin alusiones políticas).

9.12.07

Saltos cualitativos (hacia el vacío)

Hemos pasado de la piratería a la piñatería y de ésta a la pirañería.

5.12.07

La mascota

Como habrán notado si vienen por este blog con cierta regularidad, de vez en cuando traduzco del francés algún texto que me resulta interesante y lo hago porque quisiera compartirlo con quienes no leen en esa lengua o lo hacen con dificultad. Por lo general son artículos de Le Monde, periódico que suelo leer en su versión digital. Esta vez encontré en él una historia que tiene que ver con la segunda guerra mundial y que encuentro particularmente conmovedora.

La mascota de un regimiento de SS lituano

Un anciano rememora su vida en su pequeña casa de Melbourne, Australia. La emisión “Siete a ocho” contó su destino singular el domingo 2 de diciembre por TF1. Es un niño judío que tenía seis años cuando los alemanes entraron en 1941 en su pueblo, en Bielorrusia. “Agruparon a todos los hombres y los ejecutaron. Mi madre me dijo: “tu padre fue fusilado”. Luego ella me tomó en sus brazos y me dijo: “Mañana vamos a morir todos”, se acuerda. Pero él consigue huir. Desde lo alto de una colina logra ver a sus tías, a su madre, a su hermano y a su hermana muertos en el piso. La matanza dura un día entero.

El niño erra luego durante un mes en el bosque, mendigando pan en los pueblos y despojando cadáveres para vestirse. Finalmente es arrestado por un regimiento de SS lituano. Un soldado se apiadó de él, tal vez porque con sus rizos rubios se parecía a un pequeño lituano. El niño le pidió no revelar a nadie que era judío. Se convierte entonces en la mascota del regimiento, figura en films de propaganda donde se le ve sonriente hacer el saludo nazi. El encera las botas de los soldados, les lleva de beber, va a buscar para ellos fresas salvajes en el bosque.

Una foto suya con pequeño uniforme del ejército alemán es todo lo que le queda de ese pasado. Se baña apartado de los otros para no mostrar que es circunciso. A cada instante teme que la verdad sea revelada. “En esa época yo no podía ir a acostarme sin llorar”, dice. “No fui a la escuela. No tuve familia. No tuve infancia”, añade. Al final de la guerra el soldado que lo había rescatado lo confía a una familia lituana. A los 15 años emigra hacia Australia, donde se casa y tiene tres hijos. Durante todos esos años él dijo solamente que era huérfano.

Y luego, tarde en su vida, decide contar su historia a su hijo mayor. “Siempre quise volver a Bielorrusia para depositar flores en la tumba de mi madre. Pero yo no sabía dónde estaba esa tumba. Ni siquiera conocía mi apellido. Solamente me acordaba del nombre de mi poblado”, dice. Cuando por fin hizo el viaje, descubrió que su verdadero nombre era Ilya Galperin y que su padre no fue ejecutado como pensaba, sino enviado a Auchwitz y luego a Dachau, desde donde volvió a su pueblo. Ahí se volvió a casar y tuvo otro hijo. Su medio hermano cuenta que su padre ponía flores, cada domingo, en la tumba donde lo creía enterrado con su madre y los otros miembros de la familia. Murió en 1974. “El no sabía que yo había sobrevivido y yo no sabía que él había sobrevivido”, dice con lágrimas en los ojos.

Escrito por Dominique Dhombres

22.11.07

El bandido

De nada sirvieron el alambre navaja, la reja y la alarma. El bandido, sin que yo supiera cómo, se descolgó ayer del barranco que da al cañón del Virilla y se metió por el patio trasero. Yo estaba en la oficina y cuando lo vi ya iba por la terraza. El sigilo de sus pasos de pluma lo hacía caminar de un extraño modo, casi como si flotara. Venía con antifaz dispuesto a todo. De un brinco me levanté y me fui a buscar mi arma. Con rapidez la cargué y me parapeté cerca de la cocina. El bandido entretanto había llegado hasta la sala. Yo sentía su presencia aunque no podía mirarlo. Con sumo cuidado me asomé a la estancia y pude entonces ver su sombra. Me asomé un poco más y finalmente vi lo que hacía: Husmeaba en silencio y observaba la colección de cuadros de Inés con interés. Sin embargo yo sabía que iba a seguir su recorrido, así que retrocedí unos pasos y me acuclillé en lo alto de la escalerita que da a la cocina. Levanté mi arma y me coloqué en posición de tiro, poniendo el ojo en la mira y el dedo en el gatillo. Unos segundos más y el bandido estaría a mi alcance. Esperé. Mi corazón latía acelerado. Tal como lo había previsto el bandido avanzó hacia donde yo me encontraba y antes de que pudiera verme disparé sin piedad. Lo había capturado infraganti y quedó así:


Atontado por el flash se dejó tomar una segunda foto y finalmente huyó por donde había venido.

21.11.07

Meditaciones rebeldes

Guachipelín, 2007

Desde hace años trato de meditar todos los días. Comencé con unos cuantos minutos pero con el tiempo he ido aumentando los períodos y hoy suelo meditar de hora y media a dos horas diarias. Algunas veces he asistido a retiros de meditación de duraciones variables, pero en ciertas oportunidades he llegado a pasar hasta cinco días seguidos en estado de absorción. ¿Por qué y para qué lo hago­? Bueno, esa es una pregunta fácil y difícil a la vez. La respuesta fácil es que he descubierto que me hace bien, que me serena, que me permite ser un poco más lúcido, más tolerante, más paciente, más comprensivo y compasivo. La parte difícil es explicar que lo hago porque tengo fe en que es un modo de llegar al “despertar” o “iluminación”. Y es que mi meditación es de tipo budista Zen... Me considero budista... Al menos trato de serlo porque creo firmemente en la enseñanza budista, formalmente soy parte de una comunidad de ese tipo y hasta tengo una Maestra que es depositaria de conocimientos muy antiguos que se han transmitido de maestro en discípulo desde hace 2500 años cuando surgió el Buda Sakyamuni. Entonces mi meditación es religiosa, aunque el budismo sea una religión no teísta ya que para nosotros no hay necesariamente un Dios. "El Buda" fue sencillamente un hombre que hizo un importante descubrimiento y entonces, al verlo así, trató de comunicarlo y por ello se convirtió en maestro. "El Buda" quiere sencillamente decir “el despierto” y como despiertos puede haber muchos, también puede haber muchos Budas. Y digo que ésta es la parte difícil de explicar porque la verdad no sé si es muy explicable. Puedo enunciar estas cosas, pero no puedo transmitirlas porque la fe en algo solo cada cual la puede encontrar y vivir.

Fe, duda y determinación se consideran los tres pilares del Zen. Entre los primeros dos términos parece haber una contradicción, pero eso es así solo si lo vemos las cosas de un modo relativo. Al englobarlas en un todo esas oposiciones desaparecen. Ahora bien, estos se consideran los pilares porque se dice que una meditación basada en ellos conduce a la iluminación que es algo que puedo aún menos explicar porque no la he vivido. Pero sí puedo decir que con el tiempo “me han ido cayendo” cierto número de valiosas “pesetas”. Son como destellos de comprensión que aparecen de pronto en el espacio de mi intuición mientras medito y que me sirven luego de un modo práctico para llevar mi vida cotidiana.

Sería muy largo ponerme a explicar de qué cosas se trata y además pienso que de todos modos es bastante inútil, porque creo que son auto-enseñanzas hechas a la medida de mi ignorancia y por ello en principio solo a mí me servirían. Sin embargo, hoy sí quisiera compartir la última que tuve -si es que se puede considerar una- porque contrariamente a otras, ésta me resulta a la vez comprensible pero un tanto misteriosa, como si tuviera significados insospechados que tal vez ustedes puedan discernir y comentar. El chispazo me vino bajo la forma de una clara voz interior que irrumpió en mi mente con la fuerza de quien sella un documento y dice simplemente así:

“Para ser rebelde hay que ser alguien”

Es curioso porque en ese momento, ni antes tampoco, estaba yo pensando en la rebeldía o en cosa semejante. Entiendo de esa frase que el derecho a ser rebelde, a verse como una persona que va a contracorriente es algo que se gana o se merece de algún modo, pero en qué medida y cómo se llega a ser “alguien” me resulta como un acertijo y sospecho que ese “alguien” tiene un hondísimo significado que ni siquiera vislumbro. Además, ¿Rebelde cómo? o ¿En qué? ¿Con qué propósito? ¿El famoso "rebelde sin causa" es alguien que paradójicamente no ha llegado a ser alguien? ¿Es alguien cuyo modo de pensar o conducta no está informado en lo que significa SER? ¿Qué solo critica, se queja o berrea sin jamás proponer? ¿Es la construcción de una propuesta el camino para ser alguien? ¿Es la rebeldía la única forma de verdaderamente ser? ¿Tiene importancia ser alguien o bien ser rebelde? No parecería, de acuerdo a esta frase, que se es alguien porque precisamente se sea rebelde de forma previa. A menos de que se entienda todo lo contrario: que en este mundo impersonal y uniforme la rebeldía consista precisamente en ser alguien.

En fin, tal vez para ustedes sea una frase sin ningún sentido producto de una mente adormecida, quizás "tostada" por las prácticas de concentración, o tal vez no; o bien puede que les resulte una frase con un sentido evidente que nada más viene a descubrir el agua tibia. En en todo caso: ¿Qué les sugiere?

PS: Me voy de paseo por unos días, así que no se extrañen si no contesto pronto a sus eventuales comentarios.

20.11.07

Comprando chayotes

Mercado al pie del acueducto romano
Montpellier, 2007

El sábado es día de mercado para los García-Gutiérrez. La idea es levantarnos temprano y, a pesar de que vivimos en Guachipelín, ir hasta la feria del agricultor de Pavas antes de que el sol caliente demasiado y de que los mejores productos vuelen. A mí ahora me gusta eso de ir a los mercados, pero no siempre fue así.

Recuerdo que de niño mi madre se empeñaba en que la acompañara al mercado Borbón, cuyo nombre entonces yo no relacionaba con ninguna realeza. Mientras mi padre se quedaba leyendo en el carro, ella se paseaba de tramo en tramo y yo, malhumorado y realmente asqueado del olor a verdura podrida que ahí se respiraba, la ayudaba a cargar unos bolsones de yute que se iban poniendo cada vez más pesados. Para colmo el hedor se impregnaba en ellos permanentemente, lo que constituía el mejor re-medio para que yo no me acercara a husmear por la cocina, que era el sitio donde mi madre los guardaba.

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4.11.07

Vicios públicos y ocultas virtudes

Dentro de los correos basura que me llegan, algunos se refieren a sexualidad o al menos a una peculiar forma de ver la sexualidad. Los más corrientes son los que tratan de comercializar supuestos tratamientos para tener el pene más grande o grueso, jugando así con ese mito -tan masculino finalmente- que supone que el tener un instrumento de gran calibre le permite a uno hacer mejor las cosas, ser más hombre o conquistar a más mujeres... u hombres (dependiendo de las preferencias de cada cual). Un mito fundado, a no dudarlo, en la falsa idea de que lo cuantitativo es superior a lo cualitativo y que ignora, de forma olímpica, que la sexualidad es una compleja maquinaria físico-emocional que va mucho más allá que lo puramente genital.

Seguramente para abrir nuevos horizontes dentro del floreciente mercado de la metrología sexual, también han aparecido pretendidas técnicas que buscan provocar descargas seminales más abundantes y espesas. Así la panoplia queda casi completa y solo faltaría que surjan –si no es que no han surgido ya- técnicas para dotar de más diámetro o peso a nuestros atributos testiculares (acaso equivalentes a esos exagerados implantes que se hacen algunas mujeres en los senos y que las hacen verse como globos aerostáticos con piernas), o bien otras que doten de sabores y colores diferentes a nuestras eyaculaciones, tal como ocurre con ciertos preservativos.

Sin embargo, esos mails se quedan cortos con respecto a uno que me llegó días atrás y que vende nada menos que una vagina masturbatoria de goma que posee la rarísima cualidad de ser virgen. Es decir, la vagina tiene un himen y uno puede proceder a desflorarla como lo haría con una doncella. Ignoro si la vagina produce algún tipo de sangrado o si gemirá con una mezcla de dolor y placer mientras está siendo penetrada con cierta dificultad, pero si no es así supongo que más de un galán la devolverá decepcionado o se quejará ante la defensoría del consumidor por considerar que aquel “virginal producto” no llenaba todas sus expectativas o que había sido estafado por traer vicios ocultos. Otro vicio podría ser el de una vagina que ya no sea virgen, lo que seguramente suscitaría un escándalo de padre y señor mío, semejante al que provocaría un iluso y anticuado marido al enterarse en la luna de miel de que "su señora" finalmente no era tan suya. ¿O será que estos sueños de virginidad se venden precisamente para paliar la carestía?

Definitivamente los caminos del sexo son impenetrables y todavía estamos muy lejos de ver "implantes" para ensanchar la talla del AMOR, si es que todavía se puede creer en que tal cosa exista y pueda ser desarrollada.

31.10.07

Extremismo asumido o muerte al eufemismo

Una de las primeras condiciones que permiten hacer cambios en situaciones intolerables o inconvenientes es la de aprender a llamar a las cosas por su nombre. Al pan... pan, y al vino... vino. Librarse de los eufemismos es, en algunos casos, incluso una cuestión de vida o muerte.

Uno de los más hipócritas y graves eufemismos que conozco, es el que llama a los accidentes automovilísticos precisamente así: “accidentes”.

No hay tal. En Costa Rica la mayoría de esos hechos no son “accidentes”, son más bien atentados, crímenes despiadados, alevosos asesinatos, e incluso, tentativas de suicidio llevándose entre las patas a quien sea. Entonces llamémoslos por lo que son y ubiquémoslos dentro de una cadena causal previsible. Llamarlos "accidentes" encubre su naturaleza y permite, tanto a los autores como a las autoridades de gobierno, el no asumir sus respectivas responsabilidades. Cuando un “elemento” (para hablar como los policías en la tele) ingiere 15 o 20 cervezas, toma el volante y atropella a una niña quitándole la vida, ahí no hay ningún accidente, sino un horrendo asesinato por irresponsabilidad. Tal vez el “sujeto” no tenía la intención de matar, pero finalmente lo hizo al actuar con absoluta temeridad. Para mí la naturaleza de su acto es tan infame y reprehensible como si hubiera querido darle muerte a la niña para violarla.

Propongo entonces que la palabra “accidente” sea sacada de la jerga periodística, jurídica y familiar y que en su lugar utilicemos el concepto de “crimen al volante” (u otro semejante), y con ánimo totalitario propongo también, por si fuera poco, invertir la presunción de inocencia: Que de ahora en adelante todos los causantes de una colisión, atropello o hecho nefasto entre vehículos sean tenidos como criminales hasta que se demuestre lo contrario. Tal vez esto acabe con esa práctica tan charlatana e insultante de liberar inmediatamente a los responsables de éstas situaciones, como si sus actos no revistieran ninguna gravedad.

Posiblemente estarán alarmados preguntándose ¿Cómo vamos a derrumbar esa hermosa conquista de la ciencia jurídica que busca garantizar que se imparta justicia con imparcialidad y tino? Bueno, sencillamente haciéndolo, porque la realidad en nuestras carreteras es tan intolerable que ya exige medidas extremas y de excepción, para precisamente volver a un orden más justo y seguro... Clama por mano dura y que nos dejemos de tanta alcahuetería frente a lo que es una guerra donde todos perdemos, con la salvedad de las empresas periodísticas que explotan estos tristes hechos cotidianamente.